acumulando el excremento
y nuestros congelados lomos
un afiebrado otoño.

Deslinda la frontera con la muerte parpadeante sombra helada bullente en mi carne, la malogra, es la furia de ver como cruzan los vestidos húmedos, las piernas frías, los zapatos que no logra ver y van al compás de pensamientos que organizan su labor el resto de los días,
yo quiero recoger las hojas que se están pudriendo por el agua, arrugadas como las manos que trabajan y escriben, prolija me basta, sumar las nubes, esconder la cabeza bajo los cedros de olvidados aromas, pero todo seguirá igual como un viejo balón dejado por un niño.
Dónde puedo escarbar cenizas que puedan encenderse en medianoche cuando sonámbulo las etapas por estepas ensordecedoras.
Un día más la lluvia se desnuda y se viste frente a mí, su charla monocorde ahuyenta a los pájaros y yo simulo no escucharla, así urden hilanderas arañas rutas antiguas, lento el paso al horizonte cada vez más nítido, yo mientras me constriño, me acoquino para no estorbar el nido.
Es mi anhelo perpetuo de desollar las manos en la tierra, revolcarme en su torbellino, esperando que circule una sangre nueva de serpientes nacientes, aunque fuera para repetir la expulsión. Pero, podré llorar, sin que me avergüence el estallido y el fruto será nuevamente la causa, aunque sepamos ya que sigue, que un hermano asesinó a su hermano,
quizá tengamos tiempo de avisarle que escrito está y se rebele a su designio.

Entre duras rocas arrastradas por el mar enciendo el candelabro en un rincón irredento, es la manía de sorber mis labios hasta el ultimo duro huerto que yo bebo del ensueño. Amarte, entre sangrientas miserias, besarte, en la canícula de la tarde, tocarte, lamerte, montarte en mis obstinados ijares que se columpian al cielo, deseo la ultima saliva de tu abril siendo aun febrero, lejos eres aroma entre lodos donde voy tras ellos.
Nada es nada, nadie es nadie, sola en la multitud de tantos ojos muertos, mi atributo es tal ensuciada con tu cuerpo, mis piernas arcoíris colores repartiendo entre el deseo quieto de no amarme nadie más como tu lo has hecho, déjame contenta en el rumor acezante sobre tu pecho, la espesa esperma sobre mi pubis besa el clítoris que tu boca modela, no tardes, tu abandonada, seca mis entrañas búscame en las breñas, allí tuya besaré el polvo hasta que lo riegues con tu beso santo que me hace bella hembra y carne firme para tu bravo animal que se esconde.
Ayer te he visto nuevamente.
El tumulto,
el vino y los maníes
y la conversación de siempre.
Entre los rostros el único que lleva ojos que transgreden las sombras
como almas en pena que besarán las murallas tres mil años,
para decirme que vienes del impulso de las aguas arrastrando las piedras escritas,
que vienes de la mesa donde olvidas
que eres el animal de tiro para mi arado,
el que con sus dedos sordomudos dibujan en el aire
las vidas que no retornarán con los mismos ensueños y relatos,
y atrapan
con ahínco la espuma.
Tu cuerpo cruza la sala con ese paso aéreo
y atraviesa a otros cuerpos
rezumando la quimera que los amarró
a la hectárea profunda de la experiencia,
tú y tus años, yo y mis años suman
hacia un astro que orbitará la constelación cuando el tiempo fluya
escupiendo los esqueletos humanos a otra Era.
Entonces,
nuestros nombres
serán otros.
Comienza a retirarse el otoño y ya no hace frío. Aquí me quedo en medianoche, la mente quieta, sola con la luz del cuarto horadándome en el pecho, las cortinas cerradas y las sombras tranquilas. Me ha llamado, pero yo no quiero más fantasías; era insensato, siempre acudía de prisa hacia la puerta y me asomaba al oir sus pasos, no quiero más manjares ofrecidos por él, ningún susurro prometiéndome ese ambiguo camino juntos. Aparto la mirada del libro, y doblo la página, quiero dormir, es tarde y debo levantarme temprano. Mañana llamará como cada martes, otra vez le diré que no es posible, que el desaliento es un pájaro que picotea, permanentemente, el estómago y no puedo tomar decisiones tan temprano. Suena el celular, es un mensaje, lo leeré mañana, qué querrá tan tarde…
ar

Porque no he querido botar el viejo sillón donde cada noche me siento a leer, donde paladeo cada idea de otros tiempos, me gusta soñar y mientras tantos devoro, con ansias, una fruta. Desde ese momento, me siento angustiada, el aire me turba la mirada, una extraña bruma me asusta; y me levanto rápidamente, corro por la habitación hacia la puerta, quiero escapar. Nadie me abraza, todo está cubierto de sangre, todo es aceite hirviendo bajo mis pies, y mis gritos ahogan mi pecho y no emito sonido, ninguna palabra que llame a alguien que me socorre. El viento ruge fuera de mi casa y yo sólo quiero detener esta tromba de sensaciones trastornando mis pasos a cualquier lugar. Cuántos años en esta jaula murmurando, esperando que por mí.
ar
Te ofrezco
la flor almibarada
donde nutrí a mis hijos,
hinchada magnitud perpleja
de un capullo a punto
de abrir su seda.
Te ofrezco entrelazada
la llaga del tormento y tu memoria
que hará encender la veta más preciada
de la piedra hueca
que tu llenas.
Encañado trigal
entre el aire y mi cuerpo,
somos dos acaudalados
hacia el océano.
El silencio es el imperio de tu voz en este instante
que la vena en desmedro vocifera,
el silencio ha cegado tu retina quien escribe mi poema,
el silencio tuyo es mi prisión,
el que me dicta un arrebato del viejo aquelarre
y mi piel se despliega en apéndices,
convulsionan rizomas
en la submarina luz.
La lira vibraba absorta en mi respiración,
y tu rostro,
ahora,
gélido
fragua la tromba
en el caos del panteón.
Mi hermoso difunto
tu esternón vaciado bajo mis ijares mancillados
por tu semen,
han hecho esta sinfonía en mis febriles aposentos,
que abrieron los caminos a la pirotecnia
cubriéndote los ojos en mi caparazón.
que gimen los inviernos,
no se tensan nuestros cartílagos
engarzados
tus huesos a mis huesos
como esponjas.
de no tener la seda de tu esquiva savia en mi esquiva boca¡
nos iremos con el mundo.
Como si me remontara hace treinta y seis años
Lejos
Aquí muy dentro en la dictadura de mi corazón,
Cuando las estrellas se apagaron entre los libros
Y me evadía tratando de leer a oscuras.
Es esta una tarde extraña,
No hablo de política,
Los hombres y las mujeres del mundo sufren
Dentro de mis años adolescentes,
Se me han venido con sus puños cerrados,
Yo no hablo de política,
Cuando los hombres en otro lugar mueren
Bajo las piedras sin piedad,
Y yo en los años aquellos.
No hay allanamientos, pero mi carne lacia
Escarba el pensamiento que me levante
Y pueda comprender,
Cómo el futuro construirá
Las calles justas para caminar con la frente
Hacia el oquedal incierto
Que el viento mueve,
Cómo diré a los dioses nuevamente que no creía
En ellos,
Cómo permitiré que el grito no hiera la garganta
Si no sé cuál es la ventana donde podré avizorar
Las nuevas tablas del orden.
De la nación como antaño,
Son piezas de engranajes adustas y perversas
Que avanzarán en su soliloquio obediente,
Para conservar la función que mantenga a ras
De las comunidades más poderosas.
Serán rubios o morenos los cuidadores de autos,
O los empaquetadores de supermercados
Hablarán su academia alternativa.
Será el marginal un indígena? Los homosexuales
Tendrán su cargo independiente?
La mujer dueña de su cuerpo decidirá su estado?
Sólo el hombre es una raíz de bondades
Que hay que alimentar, una mujer es una raíz
De seres humanos que comen y lloran y ríen,
Seguirá todo igual?
La instrucción será para el pobre un exclusivo
Privilegio concedido o un derecho vital de supervivencia,
Como el pan para el hambriento el agua para el sediento,
Tendremos que ir los domingos a misa,
Tendré que casarme virgen nuevamente,
(aunque no recuerdo haber sido virgen)
Esta es una tarde extraña
Un paraíso perdido se ha encontrado
O se ha perdido definitivamente,
Salud para todos,
Educación para todos,
La cultura, que será de los poetas, de los artistas
Tributarán sus sueños progresistas de querer
Ser libres y hacer lo que ellos quieran
Y someterse al eterno anhelo de siempre
Cambiar al mundo?
Esta es una tarde extraña y no quiero hablar de política,
Sólo que tengo pena,
Tengo miedo,
Nunca más crímenes, nunca más desaparecidos,
En cuatro años los caminos infinitos de mi imaginación
Se regarán con sangre nueva,
Espero se coagule entre las danzas frágiles
Como en las firmes y sea un renuevo superior
Un tesoro no escondido,
Esta es una tarde extraña en mi tarde marginada
Y mi piel morena se estremece y quiere tener fe.
Este vaivén en mi frente,
afuera una cueva se cimbra
oscura luz desata mis venas,
al fin pienso
es la fiera huesa que me traga
y así te amara
replegada entre gusanos,
nadie lo puede evitar.
Se escapa
de mis alientos la temible sombra.
He aplastado bajo una piedra
tu rostro,
y crece una pelusa en la tierra,
semillas que no brotan
en el cieno,
mi ovulación sin espermios
es luz que disminuye pero no se apaga,
indica los restos carcomidos
sobre las mesas.
Subrayé cuántas veces los caminos debidos
para seguirlos paso a paso,
y he llorado obsequiosa
resignada por los pasillos que besé,
y así,
no he logrado
alumbrar estos ojos bajo las rasgadas colchas,
esconderme de todos,
de las llaves,
de las puertas abiertas,
no he podido sacudir los crótalos de mi cuello
ni raspar las sales secas,
olvidar las noches doradas,
este vaivén que me esconde y no logro
descifrar la voz del profeta,
ni la falta del diente se me ha visto,
ni el paso púdico
ni el lloro seco
ni el mugido,
ni un ay
se me condena,
y esta huesa
me tritura el seno entre los pechos
buscando un solaz para nosotros
con las fuerzas de una fiera
sobreviviente.
Invitación a la aventura
El amor es una fuerza animal en el mejor y el más maravilloso de los sentidos. Es una fuerza visceral. Tal es el mandamiento que desarrolla y prueba Ana Rosa Bustamante en esta, su poesía. Sus poemas se cargan de fuerza y sensualidad al tiempo de manejar un reservorio de imágenes en la descripción del cuerpo, ya sea el suyo propio o el del ser amado y, en consecuencia, evita así en lo posible el necesario acercamiento que todo trazado exige de su referente inmediato. No es tarea fácil.
Su primer deber es ubicar al lector en el discurso amoroso, en esa “percepción deliciosa de la vida”. Y lo dice en una suerte de ars poética clara y precisa: “Yo quiero hablar ahora de la piel,/ de los besos,/ del deseo,/ de una sombra,/ del amor”. Nuestra naturaleza no puede presentar equívocos.
Para resolver este clamor de vida la poeta recurre a una suerte de bestiario cuya muestra no resulta para nada angelical, sino más bien terrenal. No hay concesiones al respecto. La figura celestial y alada se representa en un “ensañado ángel tenebroso”, a la vez oasis en cuyas zarpas agoniza rasgada desde el cuello hasta los pies. Y a partir de esa descripción se ubica la pasión como ese florecido rincón en el desierto de la paz y tranquilidad cuya aridez sólo conduce hacia el monótono desamparo.
Tantas veces tantas Ana Rosa sindica aquel monocorde gusano a través del tiempo lineal. Mas, en la acera opuesta acecha un otro ejemplar del insectario humano, muy pronto sorprendido in fraganti hozando su rastro “en medio de las huellas de algún destino ignorado y salvaje”. Extraña zoomorfia aquella -y eficaz por cierto- señala a veces a los ojos del amante como pájaros de oscuros plumajes. Su latido y su mirada le hará percibir y pervivir el entorno “algo mejor que una lombriz en el barro”.
No, no somos ángeles. Este amoroso sentir que nos exige transita sobre la piel y a través de la vida y es a ratos un reptil succionando los intestinos o de una cansina sanguijuela escondida en la boca del amado. Pero ella es cierva -nótese, no sierva- y busca su costado tibio para trocarse en rauda gacela en pos de la mejor y más propicia guarida. Hay un reencantamiento del Cantar de los Cantares -texto cuyo título ocupa dentro del libro- para describir a los amantes, ella y él, como sierpe, erizo, sedienta carnívora en busca de
Pero el amor es también la piedra fundamental y sobre ella se erige el mundo: “Negro peñasco que rompe,/ escóndeme de las manadas,/ quédame tus licores” clama la poeta. Al tiempo de recrear asimismo, y para sí misma, El origen del mundo (L’origine du monde) ese cuadro realizado por Gustave Courbet en 1866, pero esta vez desde una perspectiva femenina.
Ahora, frente a este vita clamavi, el hacerse cargo del título implica también asumir un grito de profundis, desde el fondo del pecho; o más bien a partir de aquel abismo vital desde donde nace su fenomenal clamor. La mujer en sí es, sin pudor ni metáfora, un vaso, un viaje al centro de la tierra: “Los acantilados me llevan/ a una clara profundidad/ me precipito rosa abierta”. Y allí se ubica, en esa “profunda fuente de agotados cuerpos”, el lugar desde el cual su verso emerge, su voz aflora y su grito puro y generoso se hace carne en la palabra.
Esta magnífica propuesta debe ser compartida. Invito entonces al lector a esta aventura nueva y reconfortante de leer y gozar intensamente, la poesía de Ana Rosa Bustamante.
Juan Cameron
Vita clamavi
Príncipe dios,
te clamo por el aire,
en la percepción deliciosa
de la vida
y de las cosas de la vida,
vita clamavi,
poséeme,
desalójame de lo que no es tuyo,
he de morir en tu espuma.
Es suburbio de su existencia y la besa
hasta sus huesos,
respira en su sangre menstrual
y virgen la viste.
Desmedrada en su postrera reflexión
huele cómo marchitan los soñados
azahares y azucenas
en su cintura.
Un atisbo en sus párpados
la desvela,
sus dedos abren un río de ángeles
que duelen
allí húmeda rumora una fosa
de seda,
secreta buhardilla lo nombra hace tiempo
más de un año de altares
más de siglos cohibidos,
incógnito raudal detenido
en el crótalo.
Ama el brote que empujó la cáscara
en un sueño robado,
una vez fue dócil aldaba de su puerta
fácil cerradura libre a los juncos
que ocultan en las sombras el cieno
al alba,
semilla que atraviesa
la tela fastuosa,
célebre ardor se estrella,
ápice tibio,
número enigma
de su primera cuna.
Sus labios fingen dormido
el obstinado germen
de pez y serpiente.
Sus ancas tiemblan en un pasadizo
subterráneo o submarino.
Morirá en definitiva
su sueño en el fondo del pez,
o a ras del suelo.
¿Qué se siente?
Qué se siente partir el mundo en dos edades y
la risa desdeñosa esquivando la tersura fugitiva de los años?
¿qué se siente oh puñal adolescente curioso astro que me orbita
a esta hora de la vida?
Místico siervo acurruca tu castidad en mis pechos alicaídos
alivia tu masturbación adolescente en la amapola experta
de tu altar.
Mis labios acercarán la sílaba a tu boca
cuando irrumpas en mis corrientes
una oración delegada a tu vicio
desvelada a tu anhelo
de hacer un túmulo sobre mi ombligo.
Encantador genital que reparte el sol
donde pensaba que era olvido
maestra vegetal hacia el destello
cordel liberándose de su hebra primigenia.
Te bañas
te contemplo
tu cuerpo no es espejo para el mío.
Dime qué se siente en una piel de muchas páginas
luna indigna
tendida en tu piel oscura
de silvestres geografías
odre nuevo rebasando el mosto.
Y nada fue diferente
a la agonía.
Cuando hablamos de respeto
dejamos a los vientos correr libres
hasta por grietas macabras,
cuando hablamos de pensamiento libre
dejamos que las mariposas no dejen rastros visibles
y arrancamos pistilos sagrados.
Cuando hablamos de justicia
dejamos que el hambriento siga el camino
pueril de la noche inagotable de sombras,
cuando hablamos de la guerra
jamás los niños logran su canto
sucumbir en su alegría.
Y así,
cuánto hablamos,
queda en las espumas ornamentales de los paisajes.
Yo quiero hablar ahora de la piel,
de los besos,
del deseo,
de una sombra,
del amor,
quiero hablar del silencio de la esposa
sin luz,
que se apacigua con sus hijos,
y se resigna porque
la multitud le ha dado el cielo.
La realidad construida no la sentencia,
le repite diariamente que es flor eterna,
virgen en su corazón,
amante de su mandamiento.
Esa mujer no despliega el amor hinchado de su sangre,
no es cortesana elegante de territorios virtuosos.
Pero,
Yo te digo,
soy entre las cuerdas de mi guitarra,
la puta de tus boleros,
la que rasguña tu cuerpo ausente
entre la soledad nocturna de mi cuerpo
y el gozo de un ensueño,
iluminada cada día
soy,
la que no vive de normas,
incontenible,
impetuosa marea
y sagrada ola
que agoniza en tu oscuridad
y te lleva en sus venas
y nadie toca
ni pertenece.
Ninguna academia es más hermosa que una flor…
Héctor Hénandez M.
Apresúrate a mi cuerpo
como un minero que ultraja
la tierra que lo tortura.
Riega mis playas preparadas
al rocío,
y sobre tropicales conchuelas
puebla la arcadia
de tu mástil,
tu inflexible fortaleza me defienda
de los infidentes,
de los ingenuos,
de los adormecidos.
Préñame la lucidez inmortal
en un torpor de la historia y
escribamos el capítulo fundamental
durante la hora-siesta.
Una discreta plegaria
será epitafio después de la lucha.
Bendíceme con abalorios de tu boca
en mi pelvis derrama cintas de lluvia
que permitan acoger tu estirpe.
Escríbeme los glifos nuestros en la piedra tardía
que purifican los ríos.
Venera la colmena
que zumben los requiebros,
induce la voluntad de los ciervos
en mi embarcación.
Abriré surcos
Abriré los surcos nuevos en la arena
y hablarán las verdades de mi piel.
Retornarás al sonido
de la hembra
hasta romper tus labios.
Pondrás las hojas
tal si construyeras un pajar,
allí estarás
mordiendo lo vivido,
muriendo lo mordido.
Será tu mano un río interminable
recorriendo mi sangre,
sedienta
abriré los caminos
de lo inevitable
tanteando
herido
dormido
como la vida te haya tratado,
sobre mí hundido en el mar,
total desnudo,
total rodeado de mis pechos,
vientre, sexo, muslos.
Libre agua
…porque la mayor locura que puede hacer un hombre
en esta vida es dejarse morir sin más ni más…Sancho.
El Quijote
Mi mente tiene aceras y adoquines
que han escuchado el turno ruin de las frígidas
murmurando bajo la lluvia
su adormecida memoria,
la lluvia va abriendo quillas en los vientres
como peces espadas,
el mar
que no ha nacido en la estela gris
no me ha quitado su venia,
la soledad se ha quedado tejiendo
su urdimbre de muerte y pechos llenos,
es libre agua que baja serena y mundanal
por la cuneta,
arrastra quizá qué papeles
quizá qué despedida escrita de soberbias
polleras, cintura ceñida en manos fuertes,
nalgas atrapadas de pasión y pelvis.
¡qué pechos!
¡qué adiós cortando el cuello
sola por las aceras!
Del polvo soy y volveré donde Penélope
me espera,
se ha rebanado los dedos
con los hilos de mujer buena,
cuando le cuente mis andanzas y
en el pecho marcas de dientes
la herida sangrará hacia adentro.
Cómo abre el pájaro la niebla
extraviado
en su estola de miedos.
Yo hablo en la oscuridad como aquél que fue esclavo…
Javier Bello
Las sombras
que la luna hace por los adoquines.
Al dejar mi casa
no sabía
cómo caminar por las ciudades
con tanto lumbrerío
y tanteos.
Unos ojos me embelesan
y yo con la mirada al horizonte,
en la mano mi copa
es vino
que me embriaga a otra dimensión.
Las pezuñas rebotan en el cemento,
un zapato se desgasta,
mi vientre palpita
pende como un murciélago
o es un hijo que no nacerá.
Mátame antes de la madrugada.
Soy un reptil sangrando
que sobrevive.
Te atraparé en mi red de fuego
en una piedra, en tu sexo
y me amarás hasta hincharse tu carne
de animal y presa,
¿quién será quién?
Nos ahogaremos en la misma sangre.
Lo he encontrado cuando
era un caracol.
En el tronco
roía un clavo frío bebiendo el ayer
entre viernes y fuegos
entre viernes y pájaros
entre viernes y sueños.
No sabes ahora cómo palpita
la roca desnuda del mundo
displicente
a la sombra del cielo.
Carcoma que roe mi clavijero
en las cuerdas más agudas
y sigues zurciendo otro ayer
otro
y otro.
Alzados mis párpados
para cuando tus brazos se abran entibiando la niebla
y cuelgues toda tu cofradía de nostalgias.
Entonces
me acercaré a ti
prolija
quizás te sorprenda hozando mi rastro
en medio de las huellas
de algún destino ignorado y salvaje.
Ensañado ángel tenebroso oasis,
agonizo en tus zarpas que rasgan de mi cuello
a mis pies,
frágil he muerto en ti.
Delirio ilimitado hacia dónde,
consagración que pulsa
de noche su tortura.
Alto varón,
licor que leuda
enorme continente.
Asesino por ti,
por la fruición mataría,
me desnudo para quedarme
en mi locura,
y sostener
dos polluelos negros muertos
entre mis pechos.
Eres la gravedad del fin,
mi región es burdel tuyo
florida cesta para tu riego.
Desplómate salvaje en mis orillas erizadas,
celestial cuerno que retardas,
demorosa nota,
la sublime,
inconsciente venda pública a mansalva,
aguijón
que empujas,
único dominio que me amaño
en las últimas horas del mundo.
Mujer que pregunta
Por su frente cae la nieve
resina hirviendo
va quemando
las horas nocturnas
cuando las libélulas se desalan
o es que están fornicando,
absorta en los tiempos duros.
Ella ha atravesado las calles sin dormir
insomne arpía porque el dolor va haciendo
fea a la hoja hasta desaparecer en algún otoño
ella va con sus puños extendidos
hasta la puerta forastera
y pregunta por el hijo
si ya ha bebido la helada
de la bruma
o su boca es roja ceniza.
Animal hozando rastros avanza
arrastra vientres abiertos sobre piedras
frías y cortan
de pronto una aparición despliega
cuerpos sin cabezas
tigres desollados
mosqueríos
entonces gritos contenidos
sarmientos que guardan la gota tibia
aún en su áspera cáscara.
Se queda mirando el suelo
como si descubriera anudarse a los vientos.
Hasta hoy recorre surcos y
oye ecos en el mar
que regresan de algún puente por las estelas
circulares
zambullen
y crujen los huesos del tiempo.
Domesticada
Baja a la hora de la melancolía,
el día
se entierra en la fosa,
la enorme boca negra
con su lágrima ácida
va quemando las hojas.
Tómame con las ansias del café
en las mañanas frías del invierno,
entra en mi casa,
pero con cautela,
sin sobresalto,
pues una liebre es animal pequeño
y te conozco ancla envuelto de océano.
Enciéndeme la luz en la negra boca de loba,
que mis patas se multipliquen en tu jaula
domesticada,
no lograrás romper los barrotes
que compiten con tu aldaba celeste.
Abre la cuenca para tu géiser
en una sábana.
Entre los cráneos
Paciente desgajo, noche mía
mi tiempo,
se atolondra la sangre
esa fuga de surtidor.
La farola enciende castañuelas
en mis manos
y en mi boca
gimen encendidas.
Tú me desnudas
en la oscuridad,
doliente palpas la escarcha que me quema y
duele
y brama mamífera
en el sexo de mi sombra.
Olvidaré ese índice,
catástrofe del cielo escarbando
el hambre
entre los cráneos.
Jinete tropezado en ese escollo
hasta la punta de la noche.